Ford vendió en subasta un coche tan especial y único que, de hecho, no se fabricó para los clientes, sino para los ingenieros que estaban trabajando en el desarrollo del Ford GT de segunda generación, para celebrar el 50 aniversario del triplete de Ford en Le Mans de 1966. Tal es así que el coche se subastó con la carrocería desnuda, sin pintar, por un precio de 467,500 dólares.
Sin embargo, es un superdeportivo tan exclusivo, que Ford se aseguró de mantenerlo lejos de las miradas curiosas, por lo que, aunque su motor funciona a la perfección, nadie podrá lucirlo en público, sobre todo, su nuevo propietario.
La razón es que el Ford GT Mk II que fue subastado en el portal Barrett-Jackson, se diseñó a finales de 2015 como mula de pruebas mecánicas para el nuevo motor que se montaría en la segunda generación del Ford GT, presentado en 2017.
Los ingenieros usaron este coche en las primeras fases de pruebas del proyecto, para recopilar datos reales sobre comportamiento dinámico del diseño, estabilidad aerodinámica y la respuesta de la suspensión bajo condiciones extremas, por lo que fue el paso intermedio entre los diseños en papel y el modelo que finalmente llegaría al mercado dos años más tarde.
Ser un diseño temprano hace que el coche todavía conserve la esencia de los diseños originales, antes de que la aerodinámica o los requisitos técnicos obligaran a pulir determinados perfiles de su carrocería. Sin embargo, su utilidad como mula de pruebas hizo que en él se priorizara la utilidad técnica sobre la estética.
Era una herramienta de laboratorio sobre ruedas, no un escaparate rodante, y eso se llevó hasta el extremo de que los ingenieros ni siquiera se plantearon pintar la carrocería de fibra de carbono.
Sólo se construyeron cinco prototipos, por lo que esta unidad pasó años guardada en la colección Ford Heritage Fleet, una colección interna con la que la marca resguarda sus prototipos más valiosos y vehículos con pedigrí histórico, hasta que llegó el momento de sacarlo a la luz. Su venta reciente lo convierte en un caso único, pues pasó de ser un secreto corporativo a convertirse en un trofeo privado.
Sin embargo, la compra de este superdeportivo único venía vinculada a una cláusula muy restrictiva: la prohibición explícita y absoluta de emplacarlo, asegurarlo como vehículo o circular por cualquier vía pública con él. Es decir, su propietario nunca podrá lucirlo en público, salvo para usarlo en un circuito privado.
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