La guerra comercial entre Estados Unidos y China acaba de dar otro paso formal, pero se trata de una decisión que afecta principalmente a las marcas automotrices occidentales, ya que el gobierno estadounidense autorizó un plazo de cuatro años para que los fabricantes sustituyan todos los componentes sensibles de origen chino.
Esta medida responde a un tema de seguridad nacional, ya que desde hace algún tiempo el gobierno de Estados Unidos ha expuesto su preocupación por la información de los usuarios que el software y hardware chino pueda recopilar, entiéndase como espionaje.
Sin embargo, esta medida es cosa seria, ya que puede poner en jaque a la industria automotriz occidental, especialmente a las marcas que comercializan sus productos dentro del vecino país del norte, ya que cambiar de proveedores es todo un desafío que requiere transformar las cadenas de suministro en Norteamérica y parte de Europa.
Las nuevas restricciones afectan principalmente a hardware y software utilizados en vehículos conectados, por ejemplo: módulos de comunicación, sistemas de información y entretenimiento, unidades de control electrónico y otros componentes capaces de recopilar, almacenar o transmitir datos.
Eliminando estos elementos de origen asiático (chino), las autoridades norteamericanas buscan evitar que estas tecnologías y sistemas sean un riesgo para la privacidad de los usuarios o para la seguridad de la infraestructura estadounidense.
La medida supone un reto importante para los fabricantes, ya que gran parte de la industria depende de proveedores chinos de semiconductores, módulos electrónicos y otros componentes esenciales en un auto moderno, y reemplazarlos implica rediseñar sistemas, validar una vez más algunos procesos de producción, pero el principal reto será encontrar nuevos proveedores que cumplan con los requisitos.
El problema de este último punto radica en que fuera de China no hay muchas empresas que produzcan los sistemas o piezas requeridas, pues se calcula que en algunas industrias los proveedores chinos representan hasta el 50% a nivel mundial. Por si eso no fuera suficiente, esta medida incrementará los costos de desarrollo y producción, y como casi siempre ocurre en estos casos, la factura se trasladará directamente al precio que paga el cliente final.
Como efecto colateral, el impacto de esta medida también podría sentirse en México y Canadá (entre otros países), ya que prácticamente todos los autos ensamblados en Norteamérica incorporan componentes de origen chino (en distintas medidas), por lo que los proveedores deberán adaptar sus cadenas de suministro para cumplir con los nuevos requisitos y mantener el acceso al mercado estadounidense. De lo contrario, los vehículos o marcas que no cumplan serán prohibidos, como ya le ocurrió a Polestar, mientras que Volvo y Mercedes-Benz se encuentran en la mira.
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