La extraña historia del Museo Bugatti que nunca llegó a inaugurarse en Francia

La extraña historia del Museo Bugatti que nunca llegó a inaugurarse en Francia
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Fritz Schlumpf, era un empresario francés amante de los modelos de Bugatti, que en su haber tenía la colección más grande conocida en aquel entonces y hasta un museo Bugatti en la cual exhibirla, sin embargo, la historia para formar esta colección es cuando más emocionante y está llena de altibajos, grandes sumas de dinero y grandes anécdotas por contar.

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Schlumpf era un fanático de la marca, compró su primer auto Bugatti en 1928, mismo que utilizaba para conducir los fines de semana por la región de Alsacia, donde estableció sus empresas textiles fundando la Société Anonyme pour l’Industrie Lainière (SAIL) en 1935 y extendiéndose ampliamente por el territorio al terminar la Segunda Guerra Mundial.

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Con su empresa expandiéndose por todo el territorio, hacia 1957 Fritz compró una fábrica de lana abandonada en Mulhouse, Alsacia, en la que fundaría su propio museo del automóvil, dedicado a su madre y a Ettore Bugatti, exhibiendo, por supuesto, su colección de la marca que iba creciendo poco a poco y adquiriendo nuevos elementos.

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Sin embargo, su colección de autos por aquellos años era aún muy pequeña para poder llenar su museo. Fue así como decidió contactar a todos los propietarios de Bugatti en la década de los 60, mediante el registro de direcciones mantenido por Hugh Conway del British Bugatti Owners Club y de esta forma, Schlumpf se puso en contacto con John W. Shakespeare, un coleccionista estadounidense que coleccionaba autos de la marca francesa desde 1950.

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Shakespeare poseía grandes piezas de Bugatti en su cochera, como un Type 55 de 1932, un Type 41 Royale Park Ward y las piezas más exclusivas de su colección, doce Type 57 y el Type 56 eléctrico que utilizaba como vehículo personal el mismo Ettore Bugatti, construido en 1931.

Esta era sin duda la colección más grande de autos de Bugatti en todo el mundo y Schlumpf no quería excusas para hacerse con ella, por lo que se apresuró a ofrecer la suma de 70,000 dólares a Shakespeare para comprar todos sus autos, aunque este último rechazó la oferta, argumentando que lo menos que aceptaría por ella serían 105,000 dólares.

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Tras escuchar este precio, Fritz decidió contratar a un valuador de autos para asegurarse de que sería una inversión segura y mandó al reconocido experto de Bugatti, Bob Shaw, a Norteamérica para apreciar los autos y su veredicto fue verdaderamente desolador “La mayoría de los autos se mantienen en una parte del edificio con un piso sucio, ventanas rotas, techo con goteras y pájaros que anidan. Todos los automóviles están en mal estado y ninguno de ellos ha estado funcionando durante al menos 18 meses”, por lo que no aconsejaba la compra.

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Sin embargo, esto solo le sirvió de excusa a Schlumpf para regatear el precio de la colección entera, pues, aunque pagase por sus reparaciones, él debía hacerse con esta gran colección de autos y para exhibirla en el museo de su propiedad en Francia. Fue así como decidió ofertar una vez más por la colección entera, esta vez ofreciendo $80,000 por todos los autos, aunque el dueño no cedió.

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Finalmente, tras muchas negociaciones, amenazas, chantajes y regateos, ambos coincidieron en un precio de 85,000 dólares ya incluyendo el precio del transporte de todos los autos desde Estados Unidos hasta Francia, precio que con la inflación actual serían unos 720,000 dólares, por lo que aun así puede considerarse una verdadera ganga.

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Así, los 30 vehículo se embarcaron el 30 de marzo de 1964 en un tren de Illinois a Nueva Orleans, donde se embarcaron en un buque carguero holandés para viajar hasta Francia, haciendo entrega de ellos en el puerto de Le Havre, donde Schlumpf esperaba con ansias la llegada de sus preciosos autos. La idea era presentar la colección en el mismo museo en 1965, aunque este nunca se abrió oficialmente.

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Lamentablemente Fritz y su hermano, quien siempre estuvo a su lado al frente de la fábrica textil, pudieron disfrutar muy poco tiempo de sus autos Bugatti, pues en los años siguientes devinieron huelgas a gran escala debido a las malas condiciones laborales de sus fábricas, aunado a un declive de la industria que aconteció en 1970, lo que provocó que los hermanos tuvieran que huir a Suiza, dejando atrás su tesoro, que sería descubierto por los trabajadores hasta 1977.

Ahora esta colección de autos se ha repartido por los mejores museos del mundo. Algunas piezas, como dos de los únicos seis Bugatti Type 41 Royale construidos, uno de ellos el de la carrocería Park Ward adquirido por Fritz, se encuentran en el museo nacional “Cité de l’Automobile” en Mulhose, Alsacia, donde comparten escenario con otros 400 vehículos sumamente raros, los más exclusivos que haya visto la industria automotriz en todo el mundo.

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