Quizá no lo sabías, pero las baterías que hoy están presentes en prácticamente todos los dispositivos que utilizamos, incluido el auto, son más antiguas de lo que pensabas. Decimos esto porque científicos de UCLA revitalizaron la batería níquel-hierro de Edison con nanoclústeres, que funciona más de 30 años con recargas diarias.
Aunque no lo creas, a principios del siglo XX, cuando los autos eléctricos superaban en número a los de combustión interna en Estados Unidos, el problema no era la falta de ideas, sino la tecnología disponible. Thomas Alba Edison lo tenía claro: el futuro involucraba una batería robusta, duradera y segura, basada en níquel y hierro, dos elementos abundantes y estables.
Su propuesta prometía autonomías cercanas a 160 kilómetros por recarga y una vida útil muy superior a las baterías de ácido-plomo de la época. Pero la historia tomó otro rumbo. El motor de combustión avanzó más rápido y aquella batería quedó relegada a un pie de página tecnológico.
Ahora, más de un siglo después, un equipo internacional de investigación, codirigido por la Universidad de California en Los Ángeles, recuperó esa química olvidada y la llevó a un terreno completamente nuevo.
No se trata de nostalgia tecnológica, sino de una reinterpretación radical, apoyada en nanotecnología sencilla, procesos baratos y la idea clave de que no todas las baterías tienen que servir para coches.
El resultado fue una batería de níquel-hierro, capaz de cargarse en segundos y soportar más de 12,000 ciclos completos sin degradarse de forma apreciable. En términos prácticos, eso equivale a más de 30 años de uso diario, algo poco habitual, incluso en las mejores baterías comerciales actuales. No bate récords de densidad energética frente al litio, pero juega en otra liga y ahí radica su gran valor.
Desde una perspectiva energética, el terreno natural de esta batería es el almacenamiento estacionario, especialmente ligado a energías renovables. Plantas solares que generan grandes excedentes durante el día, redes eléctricas que necesitan estabilidad por la noche, centros de datos que requieren respaldo inmediato sin depender de diésel. Ahí, la velocidad de respuesta, la durabilidad extrema y el uso de materiales no críticos pesan más que la densidad energética.
Además, la química níquel-hierro ofrece ventajas ambientales claras, como el hecho de que no utiliza cobalto, no depende de litio y evita materiales escasos o geopolíticamente sensibles.
El proceso de fabricación es directo, escalable y potencialmente barato, algo poco habitual en avances de laboratorio. No hay maquinaria exótica ni pasos imposibles de industrializar, algo que importa y mucho.
Esta batería puede funcionar como respaldo en comunidades aisladas, en infraestructuras críticas o en redes eléctricas sometidas a picos de demanda. Su larga vida útil permite planificar a largo plazo, algo esencial en la transición energética.
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