"Los beneficios obtenidos del sufrimiento siempre son menores”: Henry Ford no era un samaritano. Daba mejores condiciones de trabajo para ganar más dinero

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Pablo Monroy

Henry Ford sigue siendo recordado por muchos aspectos, pero sus frases celebres siguen dejando huella. Con ellas fue capaz de vender su producto y su propia figura como la de un empresario de éxito y modelo a seguir. Decía cosas como que hay que "fabricar productos de la mejor calidad posible al menor costo posible, pagando los salarios más altos posibles".

Pero Ford no era ningún samaritano, ya que sólo buscaba la fidelización del trabajador para que rindiera más, por eso creía firmemente que tener contentos a los trabajadores le haría ganar más dinero.

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El fordismo buscaba crear valor y democratizar el automóvil. Lograr que el Model T triunfara le costó muchos fracasos y una estrategia de prueba y error, hasta que comprobó que mejorar las condiciones de sus trabajadores le haría ganar más dinero y aumentar el volumen de negocio. De esta forma, ofrecer mayores salarios y tiempo libre para que sus trabajadores gastaran esos salarios fue su fórmula del éxito.

De hecho, el Model T inaugural, lanzado en 1908, costaba 825 dólares (unos 22,000 en dólares actuales), pero para 1916 había reducido el costo a menos de la mitad, a 360 dólares, al mismo tiempo que mejoraba la seguridad, la fiabilidad y la velocidad del vehículo. Por creía que "los beneficios obtenidos del sufrimiento de la gente siempre son menores que los obtenidos sirviéndola bien a los precios más bajos posibles".

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La intención de Henry era producir el mayor número de coches, con el diseño más sencillo, al menor costo posible, y lo consiguió con una estrategia de incentivos sin distinciones entre los puestos.

En 1914, la tasa de absentismo por las malas condiciones laborales ya se había reducido al 2.5% mientras que la tasa de rotación disminuyó hasta el 54% y en 1915 hasta el 16%. Además, la productividad aumentó entre el 40 al 70 % por trabajador y los beneficios crecieron un 20%.

Lo hizo con un reparto de incentivos, aumentando el salario mínimo al doble (5 dólares al día), reduciendo la jornada y ofreciendo más tiempo libre a sus trabajadores, para que siguieran consumiendo y se cerrara el círculo.

El objetivo es que la fábrica funcionara de forma continua en lugar de solo 18 horas al día, dando empleo a varios miles de hombres más mediante tres turnos de ocho horas cada uno, en lugar de solo dos turnos de nueve horas, como ocurría en esos momentos.

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