A inicios del siglo XX, la humanidad soñaba con volar, sin embargo, en el respetado seno de la prensa estadounidense, imperaba un profundo escepticismo y de hecho, el New York Times, uno de los diarios más influyentes del mundo, publicó en 1903 una de las predicciones tecnológicas más erróneas de la historia.
Decimos esto porque su pronóstico no pudo ser más categórico y desalentador para el desarrollo tecnológico, señalando que se necesitarían, al menos, 10 millones de años para que los esfuerzos humanos lograran desarrollar con éxito la aviación a motor.
Sus argumentos no eran descabellados, ya que para el diario, la complejidad de la ingeniería y la física hacía que el vuelo propulsado fuese un sueño irrealizable en su época, una meta que quedaba relegada a un futuro geológico.
Esta cifra, que da un poco de risa, encapsula a la perfección la dificultad que tienen incluso los analistas más informados para estimar el ritmo exponencial de la innovación. En 1903, la comunidad científica y mediática no lograba comprender que el ingenio y la tecnología estaban a punto de reescribir las reglas del transporte.
Cuando el New York Times publicó su pesimista cifra, la solución estaba a la vuelta de la esquina, pues sólo nueve semanas después, en un humilde paraje de Kitty Hawk, Carolina del Norte, dos hermanos mecánicos de bicicletas, Orville y Wilbur Wright, cambiaron la historia para siempre.
En concreto, fue el 17 de diciembre de 1903, cuando el Wright Flyer, un rudimentario aparato fabricado con madera y piezas de bicicleta, se elevó en el primer vuelo controlado y sostenido de un avión a motor. Aunque aquel primer vuelo duró apenas 12 segundos y recorrió poco más de 36 metros, la barrera de lo imposible había sido eliminada. El desarrollo de la aviación, supuestamente a 10 millones de años, se había completado en menos de tres meses.
La hazaña no sólo marcó el nacimiento de la aeronáutica, sino que sirvió como una poderosa lección: la resistencia al progreso y el escepticismo radical no frenan la innovación; simplemente demuestran una falta de imaginación ante la velocidad del desarrollo tecnológico.
Sin duda, la predicción fallida del New York Times en 1903 deja una gran lección para entender el sector del transporte y la tecnología: la innovación siempre se mueve más rápido que la imaginación. Aquello que hoy parece imposible o relegado a un futuro lejano, como el dominio del aire o la descarbonización del transporte, puede estar a a tan sólo nueve semanas de distancia.
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