Si escuchas a alguien hablar de un vehículo de 3.8 metros de largo y 1.15 m de alto, con un precio inicial superior a los 128 mil dólares y en una edición limitada de 250 unidades, probablemente pensarías de inmediato en un deportivo de altos vuelos, pero lamentamos decepcionarte, porque la realidad es que no lo es.
Se trata del Volkswagen XL1, el vehículo de producción en serie más eficiente del mundo en cuanto a consumo de combustible se refiere, en el momento de su lanzamiento, en un ya lejano 2013, cuando se presentó en el Salón de Ginebra de ese año, una auténtica antítesis del, por entonces actual, Bugatti Veyron y sus desproporcionadas y colosales cifras.
El concepto surgió de la idea del Dr. Ferdinand Piech, sobrino de Porsche, presidente del Consejo de Supervisión de Volkswagen de aquella época y la a misma persona que ordenó construir el coche de serie más potente de su época: el Bugatti Veyron desarrollado por el fabricante alemán, quien quería un coche práctico, capaz de alcanzar un consumo de combustible inferior a un litro por cada 100 kilómetros recorridos y lo consiguió.
El Volkswagen XL1 tiene un perfil bajo, muy aerodinámico y su coeficiente de apenas 0.2 lo demuestra. El auto era impulsado por un tren motriz híbrido enchufable, integrado por un motor a diésel de dos cilindros de 800 cc y un propulsor eléctrico de 20 kW, que le permitía a este vehículo recorrer hasta 50 kilómetros en modo eléctrico, cifra que no se aleja demasiado de los híbridos enchufables que conocemos a día de hoy. El coche era tan eficiente energéticamente, que sólo necesitaba 8.4 hp para funcionar a una velocidad constante de 100 km/h.
La unidad de potencia estaba acoplada a una transmisión automática de doble embrague de 7 velocidades. Su velocidad máxima estaba limitada electrónicamente a 160 km/h, aunque era capaz de superar los 200 km/h sin limitaciones, y se logró el objetivo de un bajo consumo de combustible.
La demanda de las 250 unidades fabricadas, en los tres años que duró su producción fue tan grande, que Volkswagen decidió analizar y decidir quién recibiría el coche o no. Al final del día, el XL 1 era como un Ferrari para el mundo de los coches ecológicos.
El vehículo registraba en la báscula un peso de apenas 800 kilos y equipaba cámaras en lugar de espejos retrovisores laterales, así como una configuración de ruedas escalonadas para mejorar considerablemente su aerodinámica. De hecho, las ruedas traseras estaban cubiertas con un carenado que se estrechaba por la parte trasera, para minimizar la resistencia al aire.
En ese sentido, la elegante carrocería no es sólo para el espectáculo, pues fue construida a partir de polímero reforzado con fibra de carbono, con mucha fortaleza y una fracción del peso de los equivalentes de acero.
Comparado con el exterior, el interior tenía un diseño normal, semejante al de un coche de producción: el volante, pequeño, con la parte inferior plana, un tablero simple y en el centro una pantalla. Por debajo, los controles habituales del aire acondicionado, selector de marchas y el freno de estacionamiento eléctrico.
Más que un coche, era un laboratorio con el que la firma alemana puso a prueba diferentes tecnologías que, posteriormente, cobrarían impulso. Ahora, en páginas web de compraventa de coches de segunda mano hay algunos disponibles y piden por ellos hasta 170,000 dólares.
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