Los psicólogos lo confirman: andar en moto es terapéutico y bueno para la salud por lo que sucede en el cerebro

Moto Estudio Felicidad 1

Pablo Monroy

Para los que andamos en moto, sin duda alguna se trata de una experiencia fascinante, pues la sensación de libertad y conexión con el entorno que ofrece es única y no lo digo yo o los millones de entusiastas de las dos ruedas que existen alrededor del mundo.

Investigadores de la UCLA y Harley-Davidson decidieron estudiar qué ocurre realmente en nuestro cuerpo cuando montamos en moto. Los resultados llamaron bastante la atención. Según el trabajo, conducir una moto redujo algunos biomarcadores hormonales relacionados con el estrés en torno a un 28%. Al mismo tiempo, aumentó la frecuencia cardíaca un 11% y elevó los niveles de adrenalina cerca de un 27%, cifras similares a las que puede provocar una actividad física ligera.

En otras palabras, el cuerpo se activa, pero la cabeza parece salir beneficiada, y ahí es donde aparece la gran paradoja: sobre el papel, conducir una moto exige más atención que muchas otras actividades cotidianas. Hay que interpretar el tráfico, vigilar el estado del asfalto, anticipar movimientos ajenos, gestionar la frenada o decidir una trazada.

Sin embargo, muchos motociclistas describen precisamente lo contrario cuando llegan a casa, pues se sienten más despejados, quizá porque el problema no sea el estrés en sí, sino el tipo de estrés al que nos hemos acostumbrado.

Vivimos rodeados de notificaciones, mensajes pendientes, reuniones, vídeos cortos y estímulos constantes; cenamos mirando el teléfono, caminamos escuchando un podcast y contestamos mensajes mientras pensamos en lo que tenemos que hacer mañana. Estamos en todas partes... menos donde estamos.

Pero trepado en una moto eso resulta bastante más complicado, porque no puedes responder mentalmente un correo mientras enlazas curvas. Tampoco puedes quedarte atrapado durante diez minutos en una discusión imaginaria si tienes que estar pendiente del coche que circula adelante del conductor que acaba de incorporarse. Simple y llanamente, no queda espacio para tantas cosas a la vez.

De hecho, el propio estudio observó mejoras en el enfoque sensorial comparables a las diferencias que suelen apreciarse entre personas acostumbradas a practicar técnicas de atención plena y quienes nunca lo hacen.

Tal vez lo extraordinario sea disponer, aunque solo sea durante veinte minutos, de un lugar donde el cerebro no tenga más remedio que estar exactamente donde está. El casco puesto. Las manos en el manillar. El sonido del motor. La siguiente curva y resulta que, para una mente acostumbrada a vivir repartida entre mil sitios a la vez, eso vale bastante más de lo que imaginábamos.

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