
La idea era esa, literalmente: poner bajo tierra un Plymouth Belvedere Sport Coupé completamente nuevo, a manera de cápsula del tiempo y volver a abrirla 50 años después. Era tan nuevo que solo tenía 6.5 kilómetros registrados en el odómetro cuando lo enterraron. Cinco décadas después, volvió a ver la luz del día ante la terrible expectación de la gente que estuvo presente para el acontecimiento.
Volver a encontrarse con un coche que estuvo 50 años enterrado no es poca cosa. Se esperaba encontrar un coche conservado, como una auténtica máquina del tiempo, pero cuando retiraron el concreto, apareció algo muy diferente: agua, lodo y un automóvil prácticamente devorado por el óxido. Hasta tenía nombre: “Miss Belvedere”.
La idea original fue cosa de la empresaria local conocida como la señora Davis y Don Walker, presidente del Arvest Bank de Tulsa, en Oklahoma, Estados Unidos. Por aquella época, hablamos de 1957, estaban de moda las cápsulas del tiempo, para ver qué pasaría medio siglo después y ellos quisieron hacerlo a su manera, con un Plymouth Belvedere Sport Coupé, uno de los modelos que mejor representaban el diseño estadounidense de aquella época.
Sin embargo, no pensaron en lo que podría pasar bajo tierra durante esos 50 años, así que simplemente lo protegieron con plásticos y lo encerraron en un sarcófago de concreto, diseñado para permanecer sellado durante cinco décadas. En la cajuela del coche se introdujo, además, una cápsula de acero hermética con un refresco, un libro, un cuaderno firmado y otros objetos representativos de la sociedad estadounidense de 1957.
Eran tan de la época que hasta tenía neumáticos de cara blanca, y lo firmaron todos los participantes del evento y hasta una niña de diez años, Sharon King Davis, que era la hija de la señora Davis. Era joven, y esa la intención, que 50 años después, ella estuviera ahí como maestra de ceremonia, pero para desenterrarlo.
Cincuenta años después los operadores de la maquinaria comenzaron a retirar la cubierta de concreto y descubrieron que algo había salido muy mal, porque aunque la estructura estaba concebida para mantener el coche aislado, el agua subterránea había conseguido filtrarse durante décadas. El habitáculo estaba inundado de agua y lodo hasta casi la altura del techo.
Estaba tan corroído por el óxido que tuvieron que tener mucho cuidado al momento de sacarlo de allí para no partirlo a la mitad, ya que la corrosión había debilitado tanto la estructura que sacarlo en una sola una pieza llevó horas.
Fue una decepción, pues lo que debía convertirse en una fotografía perfecta de 1957 era, 50 años después, un automóvil prácticamente irreconocible. El nombre de Miss Belvedere se lo puso precisamente uno de los miembros del comité que participó en el acto de 2007.
por supuesto que no lo desecharon, ni mucho menos, sino que convirtieron al coche en una pieza simbólica aún más singular. La compañía Ultra One, especializada en productos de limpieza y anticorrosión, se encargó de recuperar su aspecto en la medida de lo posible. Seis meses después y 20,000 dólares en productos desoxidantes, el coche había recuperado su forma, aunque nunca más volvió a circular.
Finalmente, después de pasar por distintos lugares, el Plymouth encontró en 2015 un lugar permanente en el Historic Auto Attractions Museum de Roscoe, Illinois, donde permanece con sus piezas originales salvo los neumáticos, como una cápsula del tiempo que terminó contando una historia muy distinta de la que Tulsa había se imaginado en 1957.
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