Burt Reynolds recibía un Pontiac Trans Am nuevo y gratis cada año, hasta que un CEO lo llamó por teléfono: “no me gustan tus películas”

Bandit 1

Pablo Monroy

Sin quererlo, Burt Reynolds hizo tanto por Pontiac con una sola película que, para agradecerle su involuntaria labor comercial, cada año recibía un Pontiac Firebird Trans Am nuevo, gratis, hasta que un día los Pontiac simplemente dejaron de llegar. “Es que no me gustan tus películas”, le dijo el nuevo director de la firma.

Burt Reynolds, que llegó a lo más alto del cine tras su papel en Deliverance y The Longest Yard, aportó su carisma a una aparentemente simple comedia de acción, Smokey and the Bandit, en la que compartía protagonismo con Salley Field y un Pontiac Firebird Trans Am negro y dorado.

La trama de la película es sencilla: los millonarios tejanos Big Enos y Little Enos quieren cerveza Coors de Georgia —que en esa época era ilegal vender al este del río Misisipi sin permiso— en Texas. El camionero Cledus Snow (Jerry Reed) acepta llevar el cargamento en menos de 28 horas.

Para ello, necesita a Bo "Bandit" Darville (Burt Reynolds) para que le abra camino y atraiga la atención de la policía (los smokey) al volante de un Pontiac Firebird Trans Am negro y dorado, para desviar la atención y no se fijen en el camión y sus 400 cajas de cerveza ilegal.

La cinta dista mucho de ser una referencia del séptimo arte, pero sin duda es entretenida, pues hay un montón de persecuciones y, sobre todo, tuvo un éxito comercial abrumador, siendo una cinta de culto en muchos países de Europa, además de Estados Unidos y ese éxito también cayó sobre Pontiac, a tal grado que, durante un tiempo, llegó a vender más Trans Am (el acabado tope de gama) que del resto de versiones del Firebird.

El coche se ha convertido en un icono. El Trans Am negro y dorado de Bandit pertenece a esta categoría, tan reducida como la del Aston Martin de James Bond o el DeLorean de Volver al futuro, donde el coche es indisociable de la película.

Estrenada en 1977, la comedia de acción protagonizada por Burt Reynolds, Sally Field, Jackie Gleason y Jerry Reed alcanzó un éxito tan masivo que Pontiac se encontró con una publicidad mucho más efectiva de la que cualquier campaña de marketing habría podido generar.

El éxito de la película disparó las ventas del modelo. General Motors, que no había invertido ni un dólar en esa exposición más allá de dar cuatro coches para la producción de la película, reaccionó como lo haría cualquier fabricante hoy ante un product placement tan bueno caído del cielo: el presidente de la marca llamó personalmente a Reynolds para darle las gracias.

El entonces director de Pontiac  fue más allá de lo esperado al prometer al actor un Trans Am nuevo cada año, de por vida. Nada obligaba al fabricante a un gesto así, lo que hace que la anécdota sea aún más reveladora de la euforia comercial que la película había desencadenado en aquel momento.

Durante cinco años consecutivos, Reynolds recibió efectivamente su Trans Am anual. Repartía la mayoría entre allegados y solo se quedó con una para él. Al sexto año, no llegó nada. Pensando en un problema logístico o incluso en un robo, el actor llamó a Pontiac para averiguar qué pasaba.

La respuesta que recibió quedó grabada en la memoria mucho después de que el acuerdo terminara. Reynolds la contó años más tarde. “Tomó el teléfono y me dijo: Ese era el presidente anterior. Le gustaban tus películas. Yo soy el nuevo. No me gustan tus películas".

El trato se canceló de golpe, por esa única diferencia de gusto cinematográfico entre dos directivos sucesivos de Pontiac. El episodio se remonta a más de cuarenta años, y los detalles exactos del acuerdo, es decir, su duración prevista, su marco contractual, siguen siendo borrosos. No obstante, cinco Trans Am gratis en cinco años representan, incluso según los estándares del marketing más generoso, un trato claramente favorable para el actor.

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